Aprender a mantener una actitud optimista hace más que simplemente evitar que se hunda en la depresión. De hecho, puede mejorar su salud física. Ésta es la conclusión de un estudio controlado realizado por los investigadores Martin Seligman, Ph.D., y Gregory Buchanan, Ph.D. de la Universidad de Pensilvania.
La investigación sugiere que las habilidades cognitivas de afrontamiento pueden conducir a menos problemas físicos adversos. También anima a las personas a asumir un papel más activo en el mantenimiento de su propia salud.
El estudio se centró en estudiantes universitarios de primer año. A estos estudiantes se les pidió que completaran un cuestionario diseñado para reflejar sus actitudes generales y comportamientos de afrontamiento. Con base en estas respuestas, Seligman y Buchanan identificaron a los estudiantes que calificaron como los más pesimistas. Luego, estos estudiantes fueron asignados aleatoriamente a uno de dos grupos.
Un grupo asistió a un taller de 16 horas. El otro sirvió como grupo de control y no recibió ninguna intervención especial.
Qué aprendieron los participantes del taller
El taller no fue sólo una charla de ánimo. A los participantes se les enseñó cómo cuestionar sus pensamientos negativos crónicos. También aprendieron habilidades sociales y laborales que pueden ayudar a prevenir la depresión. El objetivo era darles herramientas para gestionar su paisaje mental.
El grupo de control no recibió esta instrucción. Esta configuración permitió a los investigadores comparar resultados basados en una intervención específica.
Hallazgos sobre la depresión y la ansiedad
Los investigadores hicieron un seguimiento de los estudiantes después de 18 meses. Utilizaron un diagnóstico clínico ciego para evaluar los resultados de salud mental. Los resultados mostraron una diferencia significativa entre los grupos.
Sólo el 22 por ciento de los participantes del taller había sufrido depresión moderada o grave. Por el contrario, el 32 por ciento de los sujetos del grupo de control experimentaron el mismo nivel de depresión.
Los trastornos de ansiedad también mostraron una marcada diferencia. Sólo el 7 por ciento de los participantes del taller padecía un trastorno de ansiedad moderado o grave. Ese número saltó al 15 por ciento en el grupo de control.
Implicaciones para la salud física
Los beneficios se extendieron más allá de la salud mental. Los participantes del taller informaron menos problemas de salud durante el transcurso del estudio. También eran más propensos que los sujetos de control a consultar a un médico para mantenimiento o chequeos. No esperaron hasta enfermarse para buscar atención.
Este cambio de comportamiento es notable. Los sujetos eran jóvenes y en general sanos. Sin embargo, su enfoque de la atención preventiva difería significativamente del de aquellos que no recibieron entrenamiento cognitivo.
Buchanan especuló que este estudio podría replicarse utilizando sujetos mayores y más vulnerables. Las implicaciones para el mantenimiento de la salud a largo plazo son sustanciales. Si las habilidades cognitivas pueden impulsar una mejor atención preventiva en los estudiantes universitarios, el efecto podría ser aún más pronunciado en las poblaciones que envejecen.
El vínculo entre mentalidad y biología es complejo. Pero este estudio proporciona evidencia concreta de que cambiar nuestra forma de pensar puede cambiar cómo nos sentimos y cómo responde nuestro cuerpo. No es una cura mágica. Es un conjunto de habilidades. Y como cualquier habilidad, se puede aprender.






















